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Las Penas y las vaquitas


Quilmes, Pcia. De Buenos Aires, 18 de Abril de 2005

Las penas y las vaquitas... 

Caía el sol del sábado 16 de abril de 2005.  Hace poco más de cuarenta y ocho horas.  Regresaba a mis pagos quilmeños después de unas cuatro horas de clase entre "Sociología" y "Sociedad y Estado" en la sede del CBC de la UBA. 

Cansada y con pocas horas de sueño subí al colectivo; mentiría si dijera que me puse a estudiar ahí mismo, lejos de eso, apoyé mi cabeza contra la ventanilla de mi querido semirápido por autopista y no recuerdo nada más, sólo que desperté a cinco cuadras de casa. 

Mi mente estaba más despejada, sin quererlo debo haber ordenado las lecturas para el miércoles y tenía muy claro que iba a dedicar lo que restaba del sábado a terminar de leer el contenido del primer parcial de Sociedad y Estado, y el domingo a Sociología.  Pero...la curiosidad pudo más.  Terminé de darle una primer lectura a lo necesario para afrontar el debate de la clase siguiente y no pude contenerme de hojear el primer capítulo de la segunda unidad: "La década infame", tras los locos años veinte, los trágicos años treinta.  Una leída rápida no me iba a quitar mucho tiempo, quería ver como presentaba la Cátedra aquella década vergonzosa de nuestra historia. 

Me llevé una sorpresa poco grata al encontrarme con una gran ausencia en el "compilado" de la Cátedra; se menciona a casi todos los protagonistas del escándalo de la carne, el tratado de Ottawa, el pacto Roca-Runciman, el Gral. Justo, los ministros de Agricultura y de Hacienda, el frigorífico Anglo...todos o casi todos.  No pude creer la grosera omisión que se había cometido en ese texto sobre la figura del Dr. Lisandro de la Torre.  Volví a leer el párrafo puntual de ese escándalo y nada.  Para qué decirles que todo lo que tengo de sangre italiana se me subió a la cabeza, abandoné por completo la idea de leer Sociología este fin de semana y me dediqué a buscar algo que me dijera que la historia no había condenado al olvido al único que se enfrentó sólo contra lo que fue, sino el principio, uno de los aceleradores de la entrega del país. 

El domingo a la mañana insistí en encontrar al menos una referencia, por pequeña que fuera iba a sacarme de ese estado de indignación en el que estaba.  Nada.  Cerré con bronca el "compilado" (¿o "recortado"?), me trepé a una silla y saqué de mi videoteca una película que debiera ser material de debate al encarar la historia no tan lejana de nuestro querido país (Asesinato en el Senado de la Nación).  Le sacudí el polvo que amenazaba con cubrirla de olvido, como a Don Lisandro.  Coloqué la cinta en la casetera rogando que el tiempo no hubiera hecho estragos en ella y la vi por segunda vez. 

Curiosamente no me sorprendí, de no haber sido por la ambientación de época, y los nombres de los funcionarios, cualquiera diría que se trata de un documental de nuestra historia más reciente.
Terminó la película, dejé correr los créditos finales (como cada vez que me cuesta salir de la historia que acaba de concluir) y vine hasta aquí, donde estoy ahora, frente al aparato que me provee de cierta información útil.  El material que encontré sobre el Dr. de la Torre no fue abundante, por el contrario, pienso que fue escaso, pero me sirvió para hacer algunas comparaciones. 










Entre el material que encontré en Internet me sorprendió la existencia en la actualidad de un frigorífico llamado Lisandro de la Torre S.A. (www.lisandrodelatorresa.com.ar), probablemente algún descendiente, por supuesto el sitio de su partido Demócrata Progresista tiene en sus páginas una amplia biografía del "Fiscal de la Nación", también hay revistas de carácter independiente que lo mencionan, y el sitio del Ministerio de Cultura y Educación, entre sus efemérides y biografías de personajes ilustres, obviamente lo menciona (ahí mi alma ya estaba nuevamente en su correspondiente cuerpo: el mío);  Sin embargo no deja de ser curioso que la biografía que publica el sitio del Ministerio de Cultura, haga referencia a su suicidio como producto de su "agobiada situación patrimonial"; nada dice de su cansancio moral, de su "estoy solo, estoy viejo y estoy cansado", nada dice del "muero por la Patria" que su discípulo dijera como últimas palabras en los brazos de su maestro en plena sala de debates del Senado de la Nación, poco después de que un disparo lo alcanzara por la espalda. 

Este apunte hoy lo niega (independientemente de que sin dudas en la bibliografía recomendada si se lo mencione, hablo puntualmente del apunte que es de donde en definitiva terminaremos estudiando), lo niega como se pretende negar aquello que todos conocen pero de lo que ninguno habla; ni siquiera menciona el episodio del asesinato de su discípulo y eterno Senador Electo (eterno irónicamente, porque nunca le llegó el diploma correspondiente que lo habilitara a sentarse en su banca...), Enzo Bordabehere; tan solo dos líneas sobre la misión de Lisandro de la Torre hubieran aportado algo de dignidad al relato de una década tan indigna y no le hubieran restado espacio al "compilado", ni elevado los costos de impresión. 

Podemos adherir o no a las ideas de este hombre de palabra, pero si debiéramos adherir a su gesto, a su honradez; podemos o no estar de acuerdo con aquello de que con la verdad se llega a todas partes, pero si debiéramos estar de acuerdo en que no podemos pasar por alto tan alegremente, en un compilado realizado por historiadores y sociólogos al servicio de nuestra formación, una figura tan respetable como la de Lisandro de la Torre. 

Adelanto la cinta de la historia y caigo en la Argentina de hace unos años atrás cuando el Dr. Favaloro, otro honesto, honorable, transparente, simple y sensible hombre de campo, del mismo modo que lo hizo Don Lisandro de la Torre: apuntando al centro de su corazón, se quitó la vida.  La historia da vueltas, la circularidad del tiempo como en el lejano Macondo de García Marquez, cambian los escándalos, cambian los nombres, pero siempre habrá un personaje que la historia tendrá la obligación de inmortalizar por sus actos de honor en medio de tanta falta de honradez como la que nos rodea desde hace décadas (¿o siglos?). 

No por nada nací un veinticinco de mayo.  Tengo ya casi treinta y un años y espero llegar a ver un país como el que contaban mis abuelos.  Es por eso que como argentina que todavía cree en los valores, que todavía escucha de pie el Himno Nacional, que se emociona al ver un cambio de guardia de Granaderos en el Cabildo, ruego que esta ausencia gigantesca en esas páginas académicas, sea subsanada en futuras ediciones y, al menos en un pie de página, aparezca el nombre de este apasionado luchador que supimos olvidar. 

Escribo esto y no puedo sacar de mi mente la imagen del arriero, que a las cuatro de la mañana, en la oscuridad del campo debe ir a preparar el primer ordeñe del día (el tambo ahora es automático pero a las vaquitas hay que ir a buscarlas igual, haga frío, calor, llueva o truene); para completar el cuadro, de fondo, en el silencio de mi cuarto, cuando faltan cinco minutos para que empiece el martes diecinueve de abril, suena, en la versión de mis admirados Chalchaleros, El Arriero Va, de otro grande que supimos concebir, exiliar y que recordamos muy de vez en cuando: Don Atahualpa Yupanqui:






En las arenas bailan los remolinos
el sol juega en el brillo del pedregal
y prendido a la magia de los caminos
el arriero va... el arriero va...
Es bandera de niebla su poncho al viento
lo saludan las flautas del pajonal
y guapeando en la senda, por esos cerros,
el arriero va... el arriero va...
Las penas y las vaquitas,
se van por la misma senda;
las penas son de nosotros,..
las vaquitas son ajenas...
Un degüello de soles muestra la tarde
se han dormido las luces del pedregal,
y animando la tropa, dale que dale,
el arriero va... el arriero va...
Amalhaya la noche traiga recuerdos
que hagan menos pesada la soledad...
Como sombra en la sombra por esos cerros,
el arriero va... el arriero va...
Las penas y las vaquitas,
se van por la misma senda;
las penas son de nosotros...
las vaquitas son ajenas...
Y prendido a la magia de los caminos;
el arriero va... el arriero va...

NOTA:

Incineré mis pestañas tratando de encontrar algún rastro del Dr. de la Torre en el apunte, aún así cabe, por supuesto, lugar a error u omisión de mi parte; en cuyo caso habré invertido mal mis energías haciendo catarsis escribiendo esto mientras podría haber estado estudiando. ¿De qué sirve el debate en el aula si no trasciende, si no se lleva a la casa, a la mesa del café, a una lista de amigos, familiares y colegas remotos?, sin dudas que no sirve de nada.  Después de leer este texto, una persona que casi me dobla en edad y que merece el mayor de mis respetos, me dijo “no te confundas, tu obligación como estudiante es la de aprobar”, NO, definitivamente no, le respondí.  A esta altura de la vida, habiendo ya pasado por otras aulas, viniendo de una formación netamente tecnócrata y teniendo la oportunidad de expresar plenamente lo que siento, me pregunto y le pregunté a esa persona ¿de qué me serviría aprobar la materia sin haber cuestionado lo que considero una falta importante?, podría aprobar en el silencio cómplice de quien no busca más que acumular materias, pero sin dudas no hubiera cumplido con mi obligación y, por sobre todo, no hubiera cumplido con mi conciencia. 

Lorena. P. Capodici
DNI 23.657.924

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