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💂 PERESTROIKA PARA UN HOMBRE SOLO IV - REUNIÓN EN EL METRO


Metro estación Uralskaya Ekaterimburgo
Estación Uralskaya del metro de Ekaterimburgo

PERESTROIKA PARA UN HOMBRE SOLO IV - REUNIÓN EN EL METRO




El sol de la tarde derretía el asfalto y las pretensiones maratónicas de muchos perezosos habitantes de Buenos Aires que prefirieron el confort del aire acondicionado al pegajoso mundo del running en una ciudad abrasada, literalmente, por un verano que se vislumbraba eterno.

- ¿Te pido otro Gancia? – le preguntó el comisario inspector a Laura.

- No, gracias Roberto ya tomé dos, la cuota del día está cubierta. - El mozo del bar de la esquina de Moreno y Ceballos se retiró con la orden de traer la cuenta.
- Hubo novedades sobre el operativo de los colombianos, tenemos noticias de un nuevo embarco que estaría por llegar al puerto la semana que viene. Si Aduana colabora y los pelotudos de siempre se mantienen al margen vamos a engancharlos esta vez. – Laura le clavó la mirada y en los ojos verdes de ella Roberto pudo ver su propio rostro semi cubierto por los lentes de sol estilo aviador y se dio cuenta que esa mañana no se había afeitado.

- Los pelotudos de siempre, como los llamas, si no reciben más la colaboración van a entorpecer todos los operativos, olvídate. El problema está en el Ministro nuevo que está metiendo la nariz en todas partes, si se dejaran de romper por uno o dos meses en una de esas podríamos hacer las cosas como antes. Esos tipos con los que tratas en Aduana son mercaderes del curro, hoy te ayudan mañana te hunden Robertito, lo deberías saber después de 25 años en la fuerza…

- Pero ¿te das cuenta que esta vez, si el escáner bendito funciona y el dato que me pasaron es correcto los podemos agarrar entrando a Buenos Aires el cargamento de merca más grande desde que tenemos memoria? –dijo esto y negó con la cabeza mientras sacaba la billetera para pagar

- Dejá, me toca a mi –lo frenó Laura con la mano mientras del bolsillo de atrás de su jean sacaba la tarjeta de débito y su dni – tomá, cobrate de acá, hoy el comisario es mi invitado.

- Si insistís… –respondió Roberto mientras guardaba la billetera.
Salieron y mientras apuraban el paso por la calle Moreno rumbo al departamento central de policía Roberto no pudo contenerse y preguntó:

- ¿Y?, ¿al final te lo levantaste al rarito ese? –mientras decía eso perdió la mirada en el tránsito y en la gente que cruzaba mal con el semáforo en verde para los autos…

- ¿Con quién pensas que estás hablando querido?, obvio, en mis 39 años de vida no cuento un solo varón que se me haya resistido si me lo propongo y este, como era de esperarse, cayó al primer intento.

- ¡Sos jodida eh!, si hasta se te va a enamorar y todo…

- No sé, lo que sé es que me va a ayudar a ascender de una vez por todas, ya me cansé de estar en la calle, del chiquitaje. Esa tarde que lo vi en la pantalla de tu computadora no podía creerlo. ¡Las vueltas de la vida!. Siempre fue raro, pero mirá que tener esos contactos….

- El tipo debe ser un perejil Laura. Pero lo que sea que hagas acordate que no tenemos autorización para lo que estamos haciendo, si nos pescan nos rajan a los dos sin un mango y sin reputación, hace todo con cuidado, mientras tanto voy a ver si la jueza Molina me da algún papel que nos cubra el pellejo…

- Quedate tranquilo que no hice nada que pueda complicarnos. Se despidieron en la puerta del departamento central, donde cada uno tomó rumbos distintos dentro del edificio.

Roberto y el padre de Laura se habían hecho amigos hacía veinte años atrás cuando ella y su familia se mudaron a Buenos Aires y su padre ingresó a las filas de la policía federal después de pedir la baja en “la bonaerense”; el hombre había muerto abatido por delincuentes en un procedimiento cuatro años atrás. Laura se había formado de cero en “la Federal”.


La estación Uralskaya, del metro de Ekaterimburgo recibió a Ivan en una jornada helada, diez minutos antes de las cuatro de la tarde. A quien fuera que lo había citado, no quería irritarlo llegando tarde. Los pasillos amplios y pulcros, los techos abovedados, los pisos que apenas mostraban desgaste y el aspecto general muy diferente al subterráneo de Moscú, por ejemplo, eran evidencia de modernidad. Por lo que pudo averiguar antes de llegar esa línea del metro fue la última en habilitarse en todo el territorio de Rusia.

Se sentó en uno de los bancos del pasillo central, a la altura de uno de los grandes faroles que colgaban del techo, esperando alguna señal, no sabía siquiera quien o quienes lo buscaban, supuso que él o ella lo identificarían.

Claramente corrían con ventaja. Pasaron cinco, diez, quince minutos en los que vio ir y venir gente, subir y bajar pasajeros de dos modernas formaciones color celeste que brillaban por donde se las mirase. Mientras esperaba y para dejar de pensar en lo extraño de la situación, le escribió un mensaje a Laura, aún sabiendo que por la diferencia horaria ella estaría durmiendo o por empezar a desayunar.

Antes de guardar el teléfono consultó la hora y la temperatura, al parecer eran unos seis grados bajo cero los que se soportaban esa tarde.

Cinco minutos después de las cuatro un hombre, que de lejos le pareció muy similar al que le dejó la tarjeta en el hostel días atrás, se acercaba por el pasillo en dirección a Ivan. Cuando lo tuvo cerca lo reconoció, era el mismo con idéntico sobretodo, guantes y sombrero. Quitándose el guante derecho y extendiéndole la mano, se presentó nuevamente en un ruso que sonaba un poco extraño a los oídos de Ivan:

- Vladimir Smirnov, gracias por venir.

Iván ya había hecho lo propio con su guante derecho y respondió al saludo estrechándole la mano todo lo fuerte que pudo. El hombre era bastante más alto que él y pese a estar cubierto de abrigos pudo percibir que era de complexión robusta. Se sintió minúsculo e incómodo al tener que alzar la mirada para responderle:

- Descuide, no me gusta ser descortés aunque le confieso que me intriga tanto protocolo y me preocupó que me pidiera venir solo. Sepa que tengo amigos en Moscú que saben dónde me encuentro en este momento. – Esbozó un intento de sonrisa tratando de suavizar lo que podría haberse interpretado como una amenaza. No recibió respuesta alguna.

- ¿Nos sentamos? – dijo el hombre mientras señalaba el banco donde había estado esperando Ivan. –Asunto es largo de explicar pero le adelanto que sabemos que usted viaja a Rusia dos veces, ¿este es segundo viaje verdad? –las frases largas en ruso no las articulaba muy bien pero Ivan igual lo comprendió.

- Si, este es mi segundo viaje, ¿qué saben de mi además de eso? y ¿para qué me buscaron? – Ivan comenzaba a inquietarse y se abrochó el último botón del abrigo para luego cruzar los brazos sobre el pecho.

- No se lo puedo contar aquí y ahora pero si acompaña a oficina aquí cerca podremos conversar mejor – dijo esto y se incorporó invitando a Ivan a seguirlo.

- ¿Cómo se que no es una trampa y me quieren secuestrar? – preguntó mientras se ponía de pie y alzaba la mirada hacia su interlocutor acomodándose los guantes.
Vladimir sonrió por primera vez en la tarde y respondió amablemente:

- Tranquilo, nosotros saber de usted suficiente, ¡no poder secuestrarlo!, no es millonario, no es político, esto es otro asunto, vamos. –lo tomó del codo, guiándolo por el pasillo hacia la escalera de salida.

Ivan comenzaba, ahora si, a intrigarse más aún, si esta gente no quería secuestrarlo, no quería robarle nada evidentemente, ¿qué buscaban de él?, este hombre con acento raro empezaba a ponerlo nervioso y sin pensarlo, de su boca salió la pregunta que tenía guardada desde que lo escuchó hablar:

- ¿Usted es ruso?
- No, checheno.

Continua...


Fotografía:  https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Uralskaya_metro_station_(Yekaterinburg).jpg - Atribución: I, Kostya Wiki


Otros capítulos:

Perestroika para un hombre solo
Perestroika para un hombre solo II - preludio al segundo viaje
Perestroika para un hombre solo III - carnaval en los Urales
Perestroika para un hombre solo V - Todo lo que reluce

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