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PISO TRES - HISTORIA DE UNA TRAICIÓN EN TIEMPOS MODERNOS

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PISO TRES - HISTORIA DE UNA TRAICIÓN EN TIEMPOS MODERNOS




Las puertas automáticas se abrieron a las diez de la mañana, como cada día.  La fragancia claramente artificial del interior lo envolvía.  Carraspeó,  se acomodó el cuello de la camisa, colocó el periódico bajo su brazo y apuró el paso.

Ese día había algo diferente, las caras y los uniformes de los vigiladores habían cambiado y percibió que nadie lo conocía.  Sus sospechas se confirmaron cuando al pasar oyó que una persona de seguridad transmitía por su radio: 

-Masculino de aspecto indigente se dirige al ascensor número 1, solicito instrucciones Control.Las puertas del ascensor se cerraron tras él en el momento exacto en que iba a ser abordado por un nuevo joven uniformado.  Al llegar al nivel superior solo bastaron diez pasos para ingresar al área de servicios, el guardia del piso todavía no había recibido instrucciones.

Una vez en los sanitarios miró con desprecio su imagen en el espejo, se enjuagó la cara y volvió a levantar la vista.  

Este viejo solar convertido en centro comercial nunca dejó de ser su casa, ese lugar donde hace años lo tuvo todo, dinero, poder, amigos…lo estaba viendo envejecer y era su único refugio después de largas noches a la intemperie.Se encerró en el reducido cuarto de baño y acomodó sus gastadas ropas, palpó el bolsillo interno del saco y confirmó que ahí estaba.  El revólver, el único bien material que pudo conservar después de la ruina que lo destruyó.  Ya no soportaba ser indiferente a todos aquí dentro, no toleraba que nadie lo saludara con respeto, ni sentirse dueño del lugar.  

Las imágenes de épocas de gloria lo asaltaron y sonrió al recordar cuando al personal de servicio le estaba vedado tratarlo por su nombre de pila o mirarlo a los ojos al dirigirle la palabra.  ¡Tantas habían sido veces había escuchado  “Señor Marley” de personas que mientras pronunciaban su nombre miraban al suelo o a cualquier otro lado menos a sus ojos!.  Muchos años después ya nada era igual, para los vigiladores, él era simplemente el hombre que dormía la siesta en el área de descanso. Aunque en el último piso, en un despacho pomposamente decorado se encontraba alguien que si lo recordaba muy bien.


Pascual Alcazar en su escritorio guardaba una amarillenta tarjeta con más de quince años de antigüedad: “Silvio Marley – Director General – Emprendimientos Inmobiliarios Worter”.  Pascual supo odiarlo lo suficiente como para haberle negado ayuda el día que Marley, ya retirado, se presentó sin avisar para contarle su drama y tal vez conmoverlo.  Buscaba conseguir un puesto o una pensión que le permitiera transcurrir esos últimos años dignamente.  Alcazar fue indiferente al relato de como el antiguo Director había sido estafado en un millonario negocio inmobiliario y lo había perdido todo.  Atinó simplemente a permitirle la entrada hasta el primer piso del edificio, las veces que quisiera para utilizar los espacios públicos.  Instruyó al personal de seguridad pidiéndoles que nunca le negaran la entrada o la permanencia en el lugar en horarios comerciales.  Fue con él todo lo solidario que le permitió su rencor.  

Desde la ventana de su oficina del tercer piso, Alcazar podía apreciar las copas de los árboles de los jardines vecinos, era el único que tenía esa privilegiada vista.  Era Director General elegido por la asamblea de socios para suceder a Marley el día que éste se retiró para dedicarse a tiempo completo a algunos turbios negocios.Esa mañana el café de Pascual todavía esperaba en el escritorio y él seguía mirando por la ventana con el segundo vaso de whisky en la mano. Hijo de una familia acomodada, soltero a sus casi sesenta años era lo que se dice un hombre de perfil bajo, informal en la vestimenta pero de porte suficiente para el cargo que ostentaba.  

Eran un secreto a voces sus preferencias sexuales, nunca había mezclado sentimientos con trabajo hasta que llegó Alejandro para cubrir un puesto en el departamento de Administración que por entonces gerenciaba.  Se enamoró en silencio tanto de aquel muchacho, que intentó protegerlo hasta el último minuto; pero no pudo contener la furia de Marley el día que descubrieron que el empleado, aprovechando un nuevo sistema de pago a proveedores, había encontrado una elegante manera de girar dinero de la empresa a su cuenta personal. Alcazar lo habría perdonado a cambio de una lujuriosa tarde en la clandestinidad de su departamento, pero Marley lo despidió a cambio de no hacer la denuncia policial, consiguiendo con eso que Alejandro desapareciera sin dejar rastro.  El rencor de Pascual creció de tal manera que alimentó un profundo odio hacia Marley.

Recordó a Alejandro y volvió a fantasear con que regresaba, podía confesarle su secreto amor y tal vez, quién sabe...  Pero sabía que eso no iba a ocurrir, la amargura en que se hundió su vida desde aquella tarde lo había llevado a convertirse en un solitario adicto al trabajo, pasando fines de semana enteros dentro de ese despacho viendo como su odiado ex jefe bebía el café más barato de toda la ciudad dentro del centro comercial.  Ya no soportaba más las fantasías que lo acosaban a diario, eran fantasmas que acudían a su mente para torturarlo todo el tiempo.  Se sirvió el tercer vaso de whisky mientras abría el cajón superior de su escritorio para sacar el blíster de ansiolíticos que tenía recetados.

Diez minutos después Marley salió del baño con la cara fresca y un poco más peinado.  El guardia de seguridad se acercó pero no le dijo nada, en ese momento por la radio le estaban diciendo que lo dejara avanzar. Control había confirmado que era habitué del lugar y podían dejarlo circular solamente hasta el piso uno, donde estaban los sanitarios y las cafeterías.Se dirigió a la caja y sacó del bolsillo un puñado de billetes arrugados, pidió un café con leche y se sentó en una mesa cercana. Desplegó el diario y revolvió el café.  Pasó las páginas sin apenas leer, por costumbre, por inercia, para pasar el rato, para tener una excusa mientras pensaba en algo más.  Miró a su alrededor, ¡había cambiado tanto el lugar!, le pareció ver gente conocida caminar por los pasillos que rodeaban la cafetería pero fue una mala pasada de su desanimada mente.  Acabó el café y se dirigió al ascensor número uno.  Lo llamó varias veces hasta que llegó vacío.  Subió.  Apretó el botón del piso tres.  

El disparo resonó en todo el edificio al tiempo que los gritos y la confusión se hicieron generales.  Mientras tanto el ascensor se abría en el tercer piso donde un par de empleados se horrorizaron con la escena.  Un hombre de aspecto abandonado sentado en el suelo con los ojos abiertos y con sangre que empezaba a chorrear de su sien derecha.  Sentado en su sillón de cuero Pascual se sirvió lo último que quedaba de whisky en la botella y diluyó ahí todas las pastillas de clonazepan que le quedaban.  Agitó el vaso, se lo llevó a la boca y lo bebió sin respirar.  Apoyó la frente en el escritorio, pasó poco tiempo hasta que empezó a resbalarse del sillón sin fuerzas para evitar la caída, cuando cayó al suelo, con la visión borrosa, pensó en Alejandro, cerró los ojos y sus oídos alcanzaron a escuchar un disparo.

El sexo con hombres no había sido una elección por placer en la vida de Alejandro, ni siquiera por curiosidad.  Lo suyo fue pura ambición.  Ya no recordaba cuando se convirtió en secretario privado y amante del empresario inmobiliario más influyente de la región. De algún modo sabía que habían hecho bien en despedirlo, jamás hubiera llegado a su posición actual con el poco dinero que robaba del centro comercial.

Ese mediodía salió del baño sauna, tomó el periódico que estaba sobre la mesa y leyó el titular que informaba la identidad del hombre que el día anterior se había suicidado en el ascensor del centro comercial. No pudo contener una sonrisa, dejó el diario, se anudó la bata y apuró el último trago del Martini.

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