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💂 PERESTROIKA PARA UN HOMBRE SOLO II - PRELUDIO AL SEGUNDO VIAJE

Catedral Christ en Ekaterimburgo
Catedral Christ - Ekaterimburgo

PERESTROIKA PARA UN HOMBRE SOLO II - PRELUDIO AL SEGUNDO VIAJE




La vida de Iván después de aquel primer viaje a Moscú no cambió sustancialmente.  

Continuó dictando clases de informática para adultos en un instituto de su pueblo, a 200 kilómetros de la capital, asistiendo a las clases de idioma ruso una vez por semana en Buenos Aires y cada quince días disfrutando de los amores alquilados en el barrio de Palermo.

La casa donde vivía, que había heredado de su abuela, tampoco mostraba mejoras, la vegetación descuidada que entraba por las ventanas del fondo y el olor rancio que invadía prácticamente todo, parecían ser parte indivisible del inmueble.  Sus hábitos de higiene seguían siendo cuestionables, limpiaba con mucho esmero pero con poca frecuencia las áreas que habitaba y por las que obligatoriamente debía pasar: la cocina, el dormitorio y el pasillo que conectaba a ambos ambientes con la puerta de entrada.  El cuarto de baño merecía un capítulo aparte dado que a esas alturas ya había decidido clausurarlo, porque lo único que aún funcionaba era una de las dos bombillas de luz, por eso hacía meses que utilizaba el de la casa de su hermano, cruzando la calle.  Hecho este que lo obligaba prácticamente a no ingerir líquidos en horas nocturnas y a minimizar los viajes planeando estrategias de ducha, afeitada y demás necesidades íntimas, lo más juntas posibles.  



Cuando alguna que otra noche las demandas hídricas de su cuerpo lo obligaban a levantarse, el pobre helecho del patio del fondo era el que pagaba las consecuencias, acusando en sus hojas un triste tono ocre con un porte cada vez más acartonado y mustio.Una mañana de lunes, mientras cruzaba la calle con la toalla al cuello, el cepillo de dientes, la pasta y la máquina de afeitar en una mano y el diario del domingo en la otra, sintió que hacía falta cambiar algo en su vida, estaba a punto de cumplir 38 años y no podía seguir así.  Mientras saludaba a su cuñada el pensamiento lo tenía ocupado con sus asuntos amorosos, de nuevo los deseos de encontrar el amor verdadero lo acosaban, esa mujer inteligente, de pechos grandes y en lo posible con genes soviéticos debía existir en este planeta, de no ser así su vida ya no tendría sentido.  Si no llegaba pronto esa joya a sus días, había evaluado la posibilidad de acabar con tanto sufrimiento y finalmente resignar el asunto de los senos voluminosos para conformarse con una mujer que fuera solamente lúcida y con ascendientes rusos.  Pero si aún eso fallaba y seguía soltero al llegar a los 50 años, tenía decidido que su compañera de vida fuera simplemente…rusa, sin más requisitos.

Minutos después, sentado en ese baño prestado, Iván leía las primeras páginas de las noticias del día anterior.  Una lo sorprendió gratamente: los docentes habían logrado un aumento que para la mayoría era excesivamente bajo, un 20%, pero para él significaba dar por pagado el préstamo del que aún le restaban 14 cuotas y que había invertido en los pasajes del primer viaje a Rusia.  Si el incremento alcanzaba para cubrir la cuota y el Banco se lo permitía, podría solicitar otro, cancelar el anterior y repetir la aventura con lo que le quedara de dinero.  Sintió una oleada de adrenalina y con renovadas energías se dispuso a ducharse, obsequiando a los dueños de casa con un grave tarareo de una tradicional canción rusa que hubiera arruinado el día a cualquier admirador de Ivan Rebroff.

Luego de la cena y después de la rutina en el ciberespacio, que incluía responder correos electrónicos de los alumnos, conversar por chat con amigos de Moscú o navegar sin rumbo por sitios que enrojecerían las mejillas de cualquiera que estuviera viéndolo, Ivan tenía por costumbre leer poemas.  Era algo que, decía él, lo reconciliaba con el amor luego de haberse paseado por los oscuros pasillos del sexo sin corazón o peor aún, sin compañía. Tenía una antología de poesía universal que abría al azar cuando sentía necesidad de depurarse.  Levantó el libro del piso, le quitó el polvo con la mano, hojeó sin método y leyó La caricia perdida, de Alfonsina Storni, antes de caer dormido.

Tuvo una pesadilla, se veía cumpliendo 60 años, sin compañera y tomando una drástica decisión, la misma que tomara Alfonsina en Mar del Plata, pero él lo hacía en Moscú arrojándose a las aguas del Volga que lo conducían suavemente hasta las profundidades del Mar Caspio.  Dejaba una sola carta, para el gerente de la sucursal del Banco Provincia, donde pedía que se usaran los fondos de la venta de la casa de la abuela para cancelar la deuda del décimo préstamo.  Despertó sobresaltado, con el corazón agitado y empapado en sudor. ¿¿Diez préstamos??, pensó.

Se sacudió la angustia encendiendo la radio a todo volumen y luego puso la pava en la hornalla. Mientras tomaba mate eligió la fecha del segundo viaje y le escribió un correo a su amigo Sergei para que lo esperara el próximo invierno.


Fotografía: By Isik5, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4602413


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